Hoy, es uno de esos días que uno quisiera vivir siempre. Hoy, a diferencia de ayer domingo, al llegar a ver a mi amor, me indica que le será dada el alta. La encuentro creo que un poco preocupada, tal vez asustada, pienso que está consciente de lo que se vendrá, y que tal vez será más difícil de lo que uno pueda pensar. Sin embargo, estamos felices de la noticia.
Llamo a mi hijo Daniel que vendrá a visitar a la mama más tarde, que traiga la ropa de la mami, porque le indico que saldrá de alta y la llevaremos a casa.
Han pasado tantos días, hemos vivido tantas emociones, que pareciera que en cualquier momento al igual que días anteriores, desistirán de la salida de mi mujer a casa. Quiero que se haga todo rápido. Pero el sistema es lento y dependemos del chequeo de los últimos exámenes para estar seguros de irnos. La hora pasa, mis hijos David y Julio también saben que la mama se irá hoy.
La enfermera de turno le dice a mi esposa que quiere verla vestida de calle. La ayudo a vestir, se cansa al menor esfuerzo para vestirse, se viste con dificultad y acostumbrándose a manejar la bolsa de la íleo. Sé que es incomodo para quien nunca ha vivido una situación igual, es más, tal vez ni siquiera consciente de un problema parecido. No obstante, el tiempo que le ha tocado permanecer hospitalizada, de alguna manera a contribuido a aceptarla con más naturalidad.
Estamos a la espera, recibo llamada de mis hijos, Julio llega desde el trabajo, para acompañarnos. Consulto a la enfermera que está pasando, me indica que hay que esperar la visita del médico a cargo.
Finalmente después de horas, el doc. F. Muñoz llega a llenar las formas para el alta. Habla con mi esposa, le da ciertos consejos e indicaciones y cuidados que tendrá que llevar en la casa. También prescribe la medicación y próximo control.
Y por fin. La silla de ruedas llega para la salida del hospital. Nos despedimos de todos, le dicen a Isabel mi esposa que no quieren verla de vuelta, que se cuide arto. Abandonamos la sala en que estuvo un tiempo, avanzamos por los pasillos del piso cuarto, hacia el ascensor. Nos detenemos un instante, las puertas se abren con el sonido acostumbrado y entramos.
Existe una alegría contenida. La miro por los espejos del ascensor y nos sonreímos, llegados al primer piso y nos dirigimos a la salida. Hace bastante frio, la ayudo a abrigarse para que el cambio de temperatura no le afecte, mis hijos Julio y Daniel están esperándonos en el auto. Un último esfuerzo y ya vamos de camino rumbo a casa. Nos demoramos bastante debido a que justamente se encuentran protestando por las represas.
Finalmente llegamos a casa. Se encuentra David, Marcia y los niños….,la casa está calentita, adornada con globos y serpentinas de colores, también un letrero de bienvenida. La emoción es grande, después de cuarenta y cinco días vividos en el hospital, en donde el estado era tan grave que las primeras doce, veinticuatro y treinta y seis horas eran decidoras, parece realmente y gracias a Dios un milagro. Un milagro de poder tenerla de nuevo con nosotros y disfrutar de su presencia, de su risa, su mirada, de ella.
Llega luego Lidiane con Damari y ahora está toda la familia reunida. Todos nos sentimos muy contentos y agradecidos de Dios. Conversamos, recordamos, nos reímos, en fin, estamos felices.
Al retirarse mis hijos a sus casas, David nos dirige en una oración en la que agradece a Dios por todo este tiempo, y que él sea ayudándola en esta nueva etapa que nos tocara vivir.

